> 29 de Julio de 2015
Imposible negar lo que se venía

El rugby venía de dos exitosos mundiales y al encaminarse hacia el tercero en Sudáfrica, cambiaba el escenario fuera de la cancha. En otra entrega de OCA camino al Mundial 2015, Frankie Deges te cuenta el incesante avance del profesionalismo.

Chester Williams, el gran personaje del Mundial 95

Los períodos entre las dos siguientes Rugby World Cups fueron, indudablemente los que más marcaron nuestro rugby, tal vez más que los 100 años anteriores. Con dos mundiales realizados, el rugby empezaba a entender que era éste el evento para el que había que prepararse, en el que había que explotar y los ciclos pasaban a ser de cuatro años. Por esto, cambiaba el escenario en la cancha y sobre todo fuera de ella.

El rugby profesional llegaría poco después de Rugby World Cup 1995 pero fue enseguida después del torneo del ’91 que las cosas empezaron a ir hacia ese desenlace. Desde hacía muchos años que el marronismo acechaba. Nunca supe porque lo llamaban marronismo porque si el amateurismo era blanco y el profesionalismo negro, entonces debería haber sido gris, o grisismo (¡si cabe la palabra!). Lo que fuere que se llamaba, se sabía que había dinero entrando en bolsillos de rugbiers en distintos países del mundo desde hacía añares, pero era un tema de cantidad, de gente que recibía los beneficios y la cantidad de dinero que recibían.

La primer gran señal de que algo debía cambiar fue cuando en los 70s hubo un escándalo con la firma Adidas que debió comparecer en los tribunales por pagar en negro a figuras del rugby galés por el uso de sus botines. La multa fue por impuestos impagos, pero si bien quedó un entramado de pseudo-profesionalismo al descubierto, el International Rugby Football Board (tal su nombre entonces) optó por no prestar atención.

En el país

Lo que pasaba afuera era distinto a lo que sucedía en el país, donde se defendía el amateurismo como causa de vida o muerte. Como comunidad ovalada era lógico que se hicieran cosas con gente que compartía los mismos valores y principios y por ello que las relaciones generaran trabajos u oportunidades comerciales no estaba mal visto. Había algún que otro jugador que recibía favores por usar tal cual marca deportiva.

En 1993 Tucumán uso un cartel de 7up en su camiseta – no medía mas de 5x5 – y estalló un intenso debate. El Bebe Salvat debió dejar de hacer publicidades para una marca de ropa más allá de que su look era más que natural para un modelo. Historias de ese tipo, hay muchas.

Con dos mundiales jugados, el exponencial crecimiento comercial del rugby hizo que los jugadores razonablemente pidieran su pedazo de la torta. Will Carling, capitán inglés, y David Campese, figura de Australia, se describían como los primeros millonarios del rugby. Las canchas se llenaban y lo único que se permitía era a los jugadores a usufructuar de sus figuras públicas fuera de la cancha. En Inglaterra, donde era más férrea la oposición al rugby pago, Carling y el hooker Brian Moore, abogado, lideraron las negociaciones con la RFU. Se permitió que un rugbier pudiera recibir dinero de parte de una carnicería pero no de una marca de ropa deportiva o de nada que estuviera relacionado al rugby. Claro que si esa carnicería publicaba un aviso con el jugador en el programa de un test en Twickenham era aceptable.

El rugby en Francia estaba ya en estado cuasi profesional desde principio de siglo mientras que Italia que manejaba muchísimo dinero ya que la ley del deporte permitía desgravar impuestos a las grandes empresas apoyando el deporte, el caos y la corrupción fue tal que eventualmente la bonanza pronto desapareció.

El IRB entendió que no podía evitarse más el problema y armó una comisión, liderada por el galés Vernon Pugh, uno de sus dirigentes más brillantes, para analizar el tema. Claro que para 1994, el camino estaba casi determinado.

No era cuestión de repetir el proceso de 1895 que llevó a la escisión y creación del rugby league para permitir el lucro cesante de quienes dejaban sus trabajos los sábados para jugar, de manera amateur, al rugby. Este deporte sería luego profesional y donde iban a refugiarse muchos de los buenos jugadores británicos en busca de cobrar dinero por sus habilidades deportivas.

Saliendo del ostracismo internacional

Por su parte, con la liberación de Nelson Mandela en 1991 de su arresto por terrorismo en una Sudáfrica controlada por el oprobioso sistema de apartheid abría nuevamente la puerta al rugby de los Springboks para volver a medirse con los mejores. Su regreso formal fue en agosto de 1992 con dos partidos frente a los All Blacks en Ellis Park y Australia en Newlands. Con el gran dirigente sudafricano Danie Craven viejo y de a ratos senil – moriría unos meses más tarde – quien manejaba a piacere el rugby de su país era Louis Luyt, un millonario con actitud dictatorial.

Dos malas movidas suyas pusieron en riesgo todo. En el ’92 desoyó lo previamente convenido antes del test con Nueva Zelanda al hacer escuchar el himno sudafricano Die Stem (un tema espinoso en un país con la ley de apartheid aún en funcionamiento) y eso hizo que sólo Mandela, y tras largas y difíciles negociaciones, permitiera que se jugara el siguiente test con Australia. En 1994, en una entrevista para la revista Rugby World cuando ya estaba definido que Sudáfrica sería el anfitrión del Mundial, habló pestes del IRB lo que hizo que casi se le quitara la organización.

A pesar de su forma, y de haber puesto a su entonces yerno Riaan Oberholzer al frente de la organización del torneo, Rugby World Cup 1995 sería un éxito monumental. Por primera vez se jugaría en un solo país y fueron nueve las sedes elegidas: Ciudad del Cabo, Stellenbosch, Port Elizabeth, East London, Durban, Bloemfontein, Rustenburg, Pretoria y Johanesburgo. Al igual que en los primeros dos torneos, fueron 16 los equipos participantes, divididos en cuatro zonas.

El profesionalismo empezaba a notarse en la preparación de los equipos y la disposición del tiempo. Recuerdo compartir el hotel con los ingleses en Durban y que ellos tuvieran todo a disposición además de celulares gratis gracias a Cellnet, la empresa que los “apoyaba”; además cada jugador podía invitar un acompañante al Mundial. Por su parte, Los Pumas le robaban el celular que RWC le había dado a un miembro del staff para llamar a mujeres y novias.

La nueva Sudáfrica

Sudáfrica atravesaba un renacer como nación. La abrumadora elección de Nelson Mandela para presidente el año anterior ya marcaba un enorme cambio en las formas. La sociedad buscaba acomodarse de la mejor manera posible y en ese proceso, el mundo aterrizó en un país único.

Era innegable que el gran personaje de ese Mundial era Chester Williams, el wing sudafricano de color, que estaba en toda la cartelería de South African Airways entre otras empresas. Lamentablemente, una lesión lo dejó afuera del plantel inicial de los Springboks, aunque pudo sumarse en cuartos de final.

El clima mundialista estaba bien presente y los locales querían mostrarse al mundo después de tantos años de estar desconectados. Se venía un Mundial que cambiaría un país y que además marcaría el antes y el después del rugby desde el espectáculo y el profesionalismo.

Autor: Frankie Deges
Foto: IRB
Fuente: Mundial XV
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