> 09 de Julio de 2015
En el 91, empezó a cambiar el paradigma

Tras el éxito de la RWC 1987, se estableció que habría un Mundial cada cuatro años. Los cambios se aceleraban, pero en el país no se prestaba atención a lo que pasaba en el mundo, recrea Frankie Deges en una nueva columna de las sección especial de OCA, camino al Mundial 2015.

Lo que fue fracaso argentino no lo fue para el rugby mundial. La primer Rugby World Cup dio el plafón perfecto para que lo que había nacido como una prueba piloto tuviera corolario. Como se había establecido desde un primer momento, si era exitoso el torneo en Nueva Zelanda y Australia el segundo sería en Europa.

El rugby emprendió un cambio importante en todos los niveles a partir de 1987. Por un lado, los equipos nacionales vieron en la posibilidad de mostrarse cada cuatro años un crecimiento cualitativo y por que no, cuantitativo. Para jugar bien cada cuatro años era importante aumentar y mejorar la competencia. Había que pensar en períodos de cuatro años, organizarse, tener un plan estructural.

A nivel institucional, el International Rugby Board entendió que debía asumir su verdadero rol de órgano rector del deporte y salir de la comodidad de manejarse entre un grupo de ocho naciones entre quienes se debatían y decidían muchas de las acciones de repercusión en el resto del, mirándolo hoy, minúsculo mundo ovalado.

En la Argentina, por ejemplo, no jugaban mas de 40 mil jugadores y el seleccionado nacional competía con la mayoría de los principales países solamente en giras que se organizaban con antelación. El rugby de Buenos Aires era una secretaría dentro de la misma Unión Argentina de Rugby y las decisiones principales se tomaban por los dirigentes que iban al petit-hotel de Pacheco de Melo 2120. El interior tenía poco o nada de peso en las decisiones mas importantes.

Desde el aspecto comercial en el rugby internacional creció indudablemente el interés en equipos y jugadores desde el lado de empresas que buscaban asociarse a un deporte en crecimiento. Los jugadores comenzaron a entender que así como crecía el rugby ellos debían tener beneficios en moneda constante.

Existía el marronismo y los jugadores de Sudáfrica, Nueva Zelanda y Australia para juntar dinero viajaban fuera de temporada a Francia o a Italia. Así, el pobrísimo rugby italiano tenía a figuras de la talla de Naas Botha, Mark Ella, David Campese y varios All Blacks. El mundo del rugby miraba para el otro lado ya que convenía tener contentos y tranquilos a los jugadores. No era cuestión, habrán pensado, de avivar giles.

Al jugador argentino que se iba a jugar a Europa se lo suspendía porque se asumía que había dinero involucrado. La UAR era tan perseguidora del profesionalismo como hoy lo es la AFIP al contribuyente olvidadizo.

Por caso, en 1990 viajé con mi mochila y dos amigos en un viaje de un año por varios destinos. Aproveché para jugar al rugby en Auckland. El primer día compartí entrenamiento con tres All Blacks y un manojo de jugadores de Western Samoa que eventualmente jugarían su primer mundial. Un golpe en el primer partido jugando en la intermedia del Ponsonby, algo de vida licenciosa como barman en la conocida K Road de Auckland que no me permitía estar 100% enfocado en el rugby, y la falta de seguro médico hizo que me bajara a una de las varias pre-intermedias del club que mas All Blacks produjo. Creo que ni me apellido sabían y era un evento mas social que deportivo. Para poder volver a jugar en mi club en Buenos Aires al año siguiente, tuve que conseguir cartas del club y de la NZRFU en las que confirmaban que no había ganado dinero jugando rugby. Al pedirlas tuve que primero explicarles tanto al club como a la unión ¡quien era!

El rugby argentino le daba la espalda al nuevo rugby que se venía. Si bien al volver del Mundial 1987 se le ganó a Australia la serie en Vélez Sarsfield con nuevo entrenador en Michingo O’Reilly, y en el ’88 en la segunda de dos batallas campales en Vélez Sarsfield se le ganó a Francia, hubo poco para celebrar. Una gira a Nueva Zelanda en 1989 marcó lo mal que estaba nuestro rugby en comparación con el mejor del mundo.

Los votos en la mesa de negociaciones del IRB hicieron que el primer Mundial en Europa se jugara distribuido. Los 16 equipos jugaron un total de 32 partidos en todos los países del Cinco Naciones. Inglaterra, como anfitrión, usó a Twickenham para el partido inaugural, la final y otros dos partidos, además de jugar en Otley, Gloucerster y Leicester una vez cada sede. En Gales hubo partidos en el Cardiff Arms Park (cuatro incluyendo el partido por el tercer puesto), Llanelli, Pontypool y Pontypridd (uno cada uno); Irlanda recibió partidos en Lansdowne Road (cuatro, incluyendo un cuarto y una semifinal) y un partido en Belfast; Escocia solo tuvo cinco partidos en Murrayfield – un cuarto y la otra semi – y en Francia se jugó en Beziers, Bayonne, Grenoble, Toulouse, Brive, Agen. Lille y el Parc des Prince en Paris, donde el local perdió el cuarto de final.

Inglaterra era el organizador del segundo mundial y la importancia de hacerlo allí radicaba mas que en un tema histórico en la posibilidad de financiarlo con firmas de buen nivel. Ocho auspiciantes principales le aseguraban ganancias: Heinz, The Famous Grouse, Ricoh, Glass SA, Steinlager, Societe Generale, British Steel y Cathay Pacific.

A eso se enfrentaba el rugby argentino que si bien había sido invitado nuevamente al Mundial – tan solo Japón y Western Samoa (así se llamaba) debieron asegurar su lugar  al torneo en una clasificación jugada en Tokio junto a Corea y Tonga – debía disputar de ida y vuelta un triangular con Estados Unidos y Canadá para determinar a que grupo iba. Con un equipo joven con gente que jugó poco y nada en Los Pumas, se le ganó ajustadamente a Estados Unidos y se perdió con Canadá. Al volver de Canadá renunció Michingo O’Reilly cuando faltaba poco mas de un año y medio para Rugby World Cup.

La llegada de Lucho Gradín generó el ingreso al seleccionado de una generación joven, inexperta, que tardaría algunos años en acomodarse en el rugby internacional. Se descartó a jugadores que podrían haber ayudado en la transición. En definitiva, el rugby argentino le daba la espalda a lo que se venía. En 1991, cuando los All Blacks visitaron nuestro país para jugar nueve partidos, en el programa oficial que se vendía a 20 mil australes figuraban pocas marcas como auspiciantes: Aerolíneas Argentinas – canje por los pasajes desde Auckland y los transportes internos -, el Plan de Salud Pampa del Hospital Británico (cobertura en canje), Editorial Atlántida, Old Smuggler, Parisiennes y Adidas (además de vestir al equipo, aportaba en la preparación). Aquella serie en Vélez Sarsfield ni siquiera fue a estadio repleto. Los Pumas no atraían al público.

Se venía un nuevo mundial y el mundo seguía transformándose, mejorando. Apostando al futuro. Los cambios se anticipaban y el que pestañeaba…perdía. Argentina pestañeó, pero eso es tema de otra columna.

Autor: Frankie Deges
Foto: World Rugby
Fuente: Mundial XV
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