> 26 de Enero de 2013
Serge Blanco, el Pelé del rugby

Tan impredecible como peligroso, el moreno de Les Blues cambió la concepción del puesto de fullback para siempre. Un transgresor que rompió el molde y deslumbró con su habilidad. Mundial XV te cuenta su historia.

Serge Blanco, un transgresor que deslumbró con su habilidad.

Ganador seis veces el Five Nations -dos Grand Slams incluidos-, finalista de la Copa del Mundo de Nueva Zelanda 1987, capitán en Inglaterra 1991 y aún tryman histórico de Les Blues, con 38 conquistas (sumó 54 por todo concepto). Sin embargo, ninguno de estos números alcanza para dimensionar lo que Serge Blanco significó para el rugby moderno.

Hizo de la frase “el ataque es la mejor defensa” su leimotiv, producto de su ambición y actitud para mirar siempre el ingoal rival. Capaz de sacar conejos de galera, de ganar partidos con una genialidad, se convirtió en uno de los mejores fullbacks de la historia mundial y en uno de los máximos exponentes del llamado rugby champagne, por ese juego alegre, de gran velocidad y muchos pases, el mismo que tradicionalmente demuestra la selección francesa.

Nacido en Caracas, Venezuela, el 31 de agosto de 1958 –hijo de padre venezolano y madre vascofrancesa-, se crió en una familia vasca en Biarritz, Francia, adonde llegó con dos años de vida, después de que su padre, policía de profesión, falleciera de un infarto. De joven, mientras cursaba en el Colegio de la Inmaculada Concepción, se destacó en fútbol, al punto que el club Nantes le hizo una oferta para que se uniera al equipo, pero su deseo de no alejarse de Biarritz frustró la operación y se dedicó al rugby, deporte en el que brilló en juveniles.

Pero lo mejor de sí lo mostró en el seleccionado francés. Debutó con Les Blues el 8 de noviembre de 1980, ante Sudáfrica en el estadio Loftus Versfeld de Pretoria y su impacto fue inmediato. Vistió la Nº 15 de Les Bleus en 92 ocasiones más (12 como wing), en las que anotó 38 tries y un total de 233 puntos, ya que en ocasiones también pateaba a los palos.

Rompió el molde de su posición, hasta entonces limitada a un rol mayormente defensivo, con una insolente vocación ofensiva. Su ambiciosa actitud de atacar a cualquier precio, sin medir los riesgos, pero con el respaldado de una inigualable capacidad de elusión, lo convirtieron en un jugador tan impredecible como peligroso. De hecho, por su condición de mulato se lo conoció como “el Pelé del rugby”, aunque en Francia el diario L'Equipe lo bautizó como el “Superman del rugby”.

Entró en la historia grande de los Mundiales con el try que le marcó a Australia en Sydney en la semifinal de la Copa del Mundo de 1987 con el tiempo cumplido para darle a Francia el pase a la final –festejo 30-24-. Pero su jugada más paradigmática acaso sea aquella vez ante Inglaterra, en el partido disputado en Twickenham (derrota 21-19) por el Cinco Naciones 1991, cuando inició lo que posteriormente sería considerado el try del centenario.

Tomó la pelota en su propio in-goal tras un penal errado de Simon Hodgkinson y sorprendió con un contraataque –todos esperaban que anulara- que en 20 segundos pasó por las manos –y los pies- de Pierre Berbizier (fue quien capturó la guinda del penal inglés), Jean-Baptiste Lafond y Didier Cambérabéro hasta llegar a Philippe Saint-André, el autor material de una maniobra para el recuerdo, aunque todos sepan que Blanco fue el ideólogo. Un poco de amor francés.

Ya en el Mundial 1991, el último torneo de su carrera con Francia, tuvo el privilegio de ser capitán (lo hizo en 17 ocasiones), pero no pudo repetir lo hecho cuatro años antes y su equipo se despidió en cuartos de final, en la caída ante Inglaterra 19-10.

Sin embargo fue uno de los puntales de la década de oro, la del ’80, que los galos tuvieron en el Hemisferio Norte, festejando en seis de los diez Cinco Naciones (1981, 1983, 1986, 1987, 1988 y 1989 - el año en que fue el máximo goleador del torneo-), incluyendo dos Grand Slams (1981 y 1987). También ganó los Juegos del Mediterráneo en 1979 y 1983, y fue elegido el mejor jugador francés en 1982, 1983, 1989, 1990, 1991 y 1992. Dentro de su perfil personal, también jugó dos partidos para Barbarians (8 puntos) y ocho para Barbarians franceses, con el que disputó su último partido oficial, en el triunfo 25-20 sobre los Springboks, el 31 de octubre en el Estadio Nord Métropole, en Lille.

De una fidelidad encomiable a su querido Biarritz, ya sea la institución o la ciudad que lo cobijó desde pequeño, debutó en Primera en 1974 y nunca se fue. Fueron 18 años como jugador del conjunto vasco, con el que no pudo ganar el torneo francés, pese a llegar a la final en 1992, su última temporada como profesional, cuando cayó 19-14 ante Toulon en el match decisivo. Ese mismo año se produciría el deceso de su madre Odette, tras una larga enfermedad.

Pese a ser considerado a lo largo de su carrera como un fanático del gimnasio, llegó a fumar hasta 75 cigarrillos al día, motivo que casi le cuesta la vida en 2009, cuando sufrió un infarto que afortunadamente pudo superar. Sin embargo siguió vinculado a la ovalada como presidente de la Ligue National de Rugby (LNR) entre 1998 y 2008, y de su club en dos periodos (1995-1998 y 2008 hasta la actualidad). Bajo su mandato, los vascos ganaron la Challenge Cup 2012. Además, es un exitoso empresario, dueño de una marca de ropa y una cadena de hoteles. En 2011, fue incluido en el Salón de la Fama del IRB.

Pero nadie olvidará su elegante estilo de carrera, la creatividad y la inventiva que personificó la extravagancia para que el rugby francés y por la que fue admirado a nivel mundial y con la que se ganó el cartel de uno de los mejores jugadores de Francia y también uno de las mejores de la historia. Le dio una nueva concepción al puesto de fullback, bendecido por su ritmo abrasador y el espíritu ofensivo, el sello Blanco. Un revolucionario.

Autor: Juan Pablo Zenoni
Foto: IRB
Fuente: Mundial XV
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